Nunca me gustó levantarme temprano y creo que núnca me va a gustar. Claro que depende mucho que tarea tenga que hacer. o que actividad me saque de la cama por la mañana.
Si lo que tengo que hacer son trámites o alguna necesidad personal tengo que admitir que por mi cabeza se pasan todo tipo de excusas para retrasarlo un par de horas o directamente posponerlo para otro día. Este último no es muy beneficioso ya que me deja un sabor amargo y un cargo de culpa. Pero en definitiva este tipo de despertares sirven para algo o por lo menos así se siente uno cuando se levanta temprano. Si el motivo está relacionado con alguna actividad deportiva o algún viaje, o algo que no sea costumbre, el despertar sigue siendo un sufrimiento, pero enseguida activo y además es como que uno se levanta de otro modo. Se duerme de diferente manera.
Durante la última temporada (9 meses) que jugué en Argentina me tenía que despertar casi todos los días a las 9 de la mañana. Para mí era un dolor de huevo pero lo llevaba bastante bien. Además no es que me tenía que levantar a las 7 o a las 8, imposible en mi, para meterme en una oficina, o trabajar para alguien, o despertarme de noche, o en invierno. Lo mío no tenía ninguna queja aceptable.
Por eso lo primero que me pregunto mi novia Juli cuando me vio despierto una hora antes de lo normal.
hoy entrenan más temprano ?, o querés que desayunemos juntos ?
no no, no no...- le dije contestando a todas las preguntas.
qué pasa ? - seguía insistiendo en sacarme alguna palabra más.
Nada,… el coche - dije casi pariendo.
suerte - dijo Juli porque sabía que la iba a necesitar.
Sabía por la noche anterior que había posibilidad que el Poderoso amaneciese enfermo, entonces casi una hora más temprano baje del Depto., de Villa Urquiza R (es vital poner R), y busque la maquina. Estaba estacionada en una ochava. Lugar de preferencia y de conveniencia que aprendí rápidamente. Las ochavas de buenos aires son para mí un lugar clave para dejar un coche como el Poderoso. Nunca tenés autos delante ni detrás, o por lo menos tenés un espacio razonable para hacer maniobras de remolque y empuje.
Luego de sentarme en los sillones del living de mi coche, le di arranque. Después del cuarto intento, la batería estaba muerta. En ese momento solo me funcionaba con GNC y era muy difícil que el motor funcionara sin un poco de nafta para que haga una mínima explosión en el carburador. Entonces sabía que tenía que empujar el coche hasta que arrancase. Como estaba solo iba mirando los autos que iban pasando por delante de la esquina donde estaba yo. Entonces empuje al Poderoso y lo deje en mitad de la calle. Obviamente que el que venía por detrás no tenía otra opción que empujarme un poco. El Ford Falcon amarillo que bien espere era un secuestro y sin chance se ofreció a empujarme. Lo bueno de los Falcon es que calzaban justo a la altura de mi paragolpes y había poco riesgo de lastimar la nave. Me empujó casi una cuadra y el coche seguía sin responder, giramos y me volvió a empujar otros 100 metros y nada. Como que quería pero no terminaba de arrancar. Con 2 intentos y muy buena voluntad el Falcon siguió su rumbo, pero como desilusionado.
En Buenos Aires y creo que en varias ciudades de Argentina hay un empleo que no existe en muchos lugares del mundo. Es un trabajo que para mí sin duda es necesario, y por más que la industria trate de combatirlos sacando más y más productos similares ninguno iguala a la soda de sifón. Cada vez hay menos y desaparecerán con el tiempo lamentablemente.
El protagonista de esta anécdota es un sodero. Era muy temprano aun y contaba con un último intento para despertar al Poderoso, sino tenía que acudir al plan B, un taxi. Salió de un edificio con los sifones vacios y justo antes de subirse a su camión lo intercepte y le pedí que me empujara. Me llevo una cuadra a todo trapo y no había caso. Al segundo intento el sodero se bajo y me pregunto:
- Tenés nasta o que le pasa?
- es que no tengo nafta, solo tengo GNC- le aclare.
- ponelo en 3ra y espera a que yo te aviso - me explico el sodero con sus manos.
Nunca me habían remolcado a tanta velocidad. Ya el 504 era bastante grande y con el camión de la soda atrás empujándome por Bucarelli parecíamos una batucada andante o mejor dicho un buen quilombo. Por fin el sodero dejó de acelerar y el poderoso quedo colgado unos segundos hasta que en 3ra y a GNC solté de a poco el embriague y la maquina volvió a recobrar vida. Qué alegría por favor!!
El sodero me salvo de una mañana que terminó mejor de lo q me esperaba y no tuve porque poner en marcha mi plan B. Lo curioso de esta anécdota no es que me haya remolcado un sodero, ni que haya aprendido como remolcar un coche a GNC y sin batería, sino es que durante toda la semana utilice el mismo método para arrancar el Poderoso. Quizás suene raro y hasta de mal gusto, pero durante esa semana no podía llevar el auto al taller por problemas que ahora no recuerdo. Entonces hice uso del artículo 247 en varias de sus variantes.
El martes bajé solo media hora antes de lo habitual, y esperé al sodero. Claro que el coche lo tenía en otro lugar, pero igual me fui a la esquina y lo esperé como un campeón. Le hice señas y se reía, me subí al camión del sodero y me llevó al Poderoso que estaba a mitad de cuadra. Subí, y 100 metros después el auto estaba encendido.
El miércoles bajé, me fui a esperar a la esquina pero el sodero no venia. Tuve paciencia hasta que vi que por la calle de enfrente doblaba un camión de soda pero de diferente empresa entonces cuando lo vi acercarse empuje la nave hasta el medio de la calle y como buen sodero me remolco. No le gusto mucho la táctica que use, porque se sintió sin opción y lo entendí. Le tuve que haber preguntado y seguro que aceptaba.
Distinta fue la táctica del jueves y del viernes. Tranquilamente podía bajar yo solo en busca del sodero, pero necesitaba la eficacia del plan. Recurrí a mi comodín, a la reina. Juli (eta) era el anzuelo, se paraba en medio de la calle y con su mejor carita le preguntaba al sodero, si la empujaba. Antes de que el sodero respondiera cualquier atrocidad, aparecía yo pa romperle la ilusión. Por suerte terminamos la semana con un rotundo éxito de remolques y arranques. Lo único fue que durante una semana o durante esa semana odié tanto a mi auto que hasta lo dejé por más de 2 días en el taller de Gustav para que me lo arregle. Y yo agradecido otra vez con un laburador, esta vez un sodero.
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